Soldados en la tormenta

Blog latinoamericano de historia militar

La intervención ¿francesa?: el Cuerpo de Voluntarios Austriaco y su aventura mexicana (1865-1867).

La llamada Segunda Intervención Francesa implicó un cambio no sólo en la política nacional al definir para 1867 el proyecto liberal como el modelo político, económico y social de construcción del país, sino también en la formación de una idea nacional que se segregó a lo largo y ancho del territorio con el claro objetivo de expulsar a las fuerzas extranjeras e impedir el establecimiento de un Imperio a merced de la voluntad francesa.

Sin embargo, cualquier acercamiento al tema señala una intervención no exclusiva de franceses, encontrando una amplia participación de contingentes belgas, austriacos y de diversas regiones de Europa y África del norte, haciendo de la llamada “intervención francesa” un periodo que ha ocultado la presencia de otras tropas durante el Segundo Imperio.

Desde la firma del Tratado de Miramar, Maximiliano sabía que por el artículo 1º de dicho tratado la permanencia de las tropas francesas sería temporal y que a pesar del apoyo de la Legión Extranjera Francesa y de los conservadores, no contaría con las fuerzas suficientes para asegurar el país, por lo que requería del apoyo de su patria. Fue Juan Nepomuceno Almonte quien le había recomendado en una carta, el 27 de julio de 1863, contar con al menos 3 mil voluntarios alemanes para independizarse militarmente de los franceses y, aunque Maximiliano se decantó por la idea, no optó por alemanes, sino por austriacos.

Voluntarios austriacos, 1866

Voluntarios austriacos, 1866

Österreichisches Freikorps

Con apoyo de su hermano Francisco José, Maximiliano formó una convención entre el ministro mexicano Tomás Murphy y  el conde austriaco Rechberg von Rothenlöwen, el 19 de octubre de 1864, estableciendo en 6,000 hombres el número de voluntarios en tierra y 300 marineros bajo el nombre de Österreichisches Freikorps.[1]

Húsar del Cuerpo de voluntarios.

Húsar del Cuerpo de voluntarios.

El reclutamiento se encomendó al comandante de infantería de marina, el Coronel Mathias Leisser, con apoyo del mexicano Gregorio Barandiarán.[2] Laibach (actual Ljubljana, Austria) fue el lugar de reclutamiento y acantonamiento de las unidades, y Viena donde el Coronel  Mathias Leisser administraba el proyecto de reclutamiento. Al final se organizó un Cuerpo con un regimiento de Húsares y un regimiento de Ulanos, ambos integrados por cinco escuadrones; tres batallones de cazadores a pie (jägers) con 6 compañías cada uno; 2 baterías de cañones rayados de montaña; oficiales de caja; banda de música; 20 médicos y una compañía de ingenieros.[9]

Los requisitos para unirse al Österreichisches Freikorps consistían en haber cumplido el tiempo reglamentario en el ejército austriaco (el cual comenzaba a los 20 años para el conscripto, quien prestaría 9 años en servicio y 2 años en la reserva); comprometerse a servir durante 6 años en el cuerpo de voluntarios; ser soltero y no exceder los 40 años; ser fuerte y ser cristiano. La soltería permitiría evadir las responsabilidades tanto de Austria como de México para apoyar económicamente a las viudas y huérfanos, por lo que se incorporaron hombres de entre 24 y 30 años gracias a las “ventajas especiales” que gozaban los aristócratas, quienes, en ocasiones, resultaban ser los más jóvenes.[3]

Para atraer a los oficiales encargados de dirigir a la tropa se buscó otorgar un grado mayor del que se gozaba en el ejército austriaco; se prometieron mayores salarios y al finalizar el servicio de 6 años se les garantizó el regreso y reincorporación a sus respectivas unidades militares o, si lo preferían, se dotaría a los que decidieran quedarse en México con tierras de cultivo.[4] Contrario a las oportunidades que se ofrecían a los individuos, algunas razones del éxito que tuvo la Aventura Mexicana en aquellos meses fueron la falta de trabajo en las regiones más pobres de Bohemia y Hungría; la oportunidad de integración social para los polacos exiliados durante la rebelión contra los rusos en 1863; el afán de aventuras; la obtención de riquezas y salir de la rutina del cuartel. Por otra parte, varios oficiales buscaron escapar de deudas contraídas en juegos, por adquirir caballos costosos o eludir situaciones personales penosas como riñas familiares o noviazgos de conveniencia, como fueron los casos de Khevenhüller, Alphons von Kodolich, Carl Kurtzrock, entre otros.[5]

Ulano del Cuerpo de voluntarios

Ulano del Cuerpo de voluntarios

El uniforme de los húsares,[6] caballería húngara característica por sus vistosos uniformes y sus cargas rápidas en combate y que destacarían en el cuerpo de voluntarios, consistía en “sombreros redondos de fieltro adornados con una pluma de águila, pantalones rojos y ajustados, una blusa azul, la attila [chaqueta] para colgarse en los hombros de tela verde con cordeles blancos [o plateados para los oficiales]… y un abrigo pardo con capucha”.[7] Sus armas iban más allá de su característico sable, portando una pistola de cápsulas percutoras y 16 carabinas por escuadrón (60 hombres), lo cual representaba un poder de fuego muy bajo e inadecuado para el tipo de guerra que afrontarían.[8] El resto de las tropas vestía al igual que los húsares, sólo que sin el attila.

El problema que enfrentarían en México no sería la experiencia (puesto que su antecedente de servicio militar los había fogueado en la guerra contra Cerdeña-Piamonte y Francia en 1859) sino la diversidad de lenguas de las diferentes naciones que conformaban el imperio austro-húngaro: el alemán de la oficialía, el húngaro de los húsares, el polaco de los ulanos y dialectos del checo, italiano, ruteno y esloveno, los cuales llegaron a contrastar no sólo con el francés ni español, sino con las lenguas nativas de México.

El Inicio de la Aventura Mexicana.

La primera expedición salió de Saint Nazaire, Francia, el 19 de noviembre de 1864 en la embarcación inglesa Bolivian con 35 oficiales y 1082 soldados al mando del General del Cuerpo Coronel Franz Thun, llegando a tierras mexicanas el 1º de enero de 1865, mientras que otras seis embarcaciones le siguieron entre diciembre y marzo de ese mismo año, partiendo tanto de Trieste, en el Mar Adriático, como del mismo puerto francés.[10] Fuese la salida desde Trieste o Saint Nazaire, la primera parada era Martinica y luego de varios días se arribaba a Veracruz. Una vez en el puerto se tomaba la corta línea de ferrocarril a Córdoba y se emprendía la marcha a Puebla, donde se estableció el cuartel general del cuerpo austro-húngaro.

La primera columna en llegar avanzó hasta Ciudad de México sin alguna tarea asignada, lo cual les permitió recorrer las calles y plazas de la ciudad. Las posteriores columnas en arribar fueron ubicadas en diferentes secciones. En su tiempo libre jugaban el monte, un tipo de juego de cartas donde se apostaban grandes cantidades de oro; asistían a las corridas de toros (las que consideraban salvajes); escuchaban en la plaza principal por la tarde a la banda del cuerpo dirigida por Sawhertal y sus 75 músicos, quienes tocaban para las personas diversas piezas de Strauss, Verdi, Mozart y Donizetti;[11] escribían y respondían cartas de amigos y familiares; asistían a fiestas patronales y populares; realizaban excursiones de exploración o caza en las inmediaciones boscosas de los puestos de mando; y también se iba a baños termales o se trabajaba en la encuadernación de textos.[12]

Operaciones Militares: Huasteca, Oaxaca, Tabasco y Tamaulipas.

Su marco de acción abarcaba una amplia extensión: “de Oaxaca hasta México y de allí hasta Camerón [sic] y Jalapa”, sin contar las fuerzas que se movilizaron hacia Yucatán y Tampico, operando sobre el territorio de manera dispersa, pero centrándose en la Huasteca y Oaxaca.[13] Sus tareas de pacificación se redujeron a 3: Combatir en la Sierra Madre; reducir las revueltas de indios yucatecos; y guardar el camino entre Puebla y Orizaba, dejando las operaciones principales al Ejército Expedicionario Francés.

El Jefe del Ejército Expedicionario, el Mariscal Bazaine, buscó el control del Cuerpo Austriaco como una muestra de superioridad, orgullo, pero, sobre todo, para mantener la unidad de mando y evitar entrar en conflicto con sus antiguos rivales militares de 1859. Bazaine se apoyaba en el artículo 5° del Tratado de Miramar, donde se estipulaba que los territorios donde la guarnición no fuera totalmente mexicana (y se sobrentiende que austriaca) estarían bajo mando francés, por lo que los Generales austriacos como Alphons von Kodolich y Thun buscaron incidir en Maximiliano para garantizar su libertad de acción. Para llevar a cabo dicha ruptura, ambos Generales lo convencieron de emprender un ataque a la localidad de Tezuitlán –base de operaciones de las guerrillas de la Sierra Norte de Puebla- el 17 de febrero de 1865, la cual sería dirigida por Kodolich. Bazaine, agraviado, informó de ello a Maximiliano, quien reconoció la potestad del Mariscal y subordinó al Cuerpo de Voluntarios a su mando.[14] Los austro-húngaros realizaron operaciones sin relevancia alguna y fueron dispersados por el país en brigadas de 200 a 300 efectivos, impidiendo aprovechar al máximo su potencial.

En la Huasteca se llevaron a cabo las operaciones principales de los austriacos, donde la difícil exploración y lo agreste del territorio de la Sierra Norte de Puebla obligaron a los austriacos a establecer un armisticio con los guerrilleros, construyendo puestos avanzados en Teziutlán, Zacapoaxtla y Tulancingo una vez roto aquél.[15] Para 1866 la zona estaba en un levantamiento generalizado y el Mayor Polak se puso al mando de una columna austriaca que operó sobre Tulancingo, Tula y Tuxpan, abandonando la zona de Zacapoaxtla tiempo después y dirigiéndose a la línea Pachuca-Tulancingo-Huachinango, dejándola a su suerte en noviembre de 1866, mientras que los franceses se retiraban del país.[16]

C. Escalante. "Un episodio de la batalla de la carbonera".

C. Escalante. “Un episodio de la batalla de la carbonera”.

En Oaxaca las operaciones austro-mexicanas se vieron mermadas por la guerrilla de Luis Pérez Figueroa, quien logró emboscar a diversos destacamentos y
aunque fue derrotado el 25 de octubre de 1865 en Ajalpan, regresó con nuevas fuerzas, lo que llevó al General Thun a reaccionar contra las inútiles operaciones en la Huasteca para apoyar las acciones en Oaxaca.[17] También hubo conflictos con el Jefe Político de Oaxaca, lo que impidió la realización de acciones militares importantes; además la región se vio azotada por las fuerzas de Porfirio Díaz y su hermano Félix Díaz, “El Chato”,  venciendo el 3 de octubre de 1866 en Miahuatlán y el 16 en La Carbonera, lo que llevó a la rendición de la ciudad de Oaxaca el 30 del mismo mes.[18]

En operaciones menores encontramos la toma de Palizada y Jonuta en Tabasco, en junio de 1865, realizada por un destacamento austro-mexicano de 400 hombres; semanas después arribaron a Campeche, no obstante, el 25 de agosto se retiraron por las fiebres que asolaban la región.[19] Por otra parte, en noviembre de 1865, Alphons Kodolich y 2 compañías de cazadores reemplazaron a la guarnición francesa de Matamoros, la cual era defendida por el General Tomás Mejía. Para mayo de 1866 tuvieron que regresar a Puebla, realizándolo Kodolich en una cañonera francesa, mientras que el Capitán Ernst von Pitner tomó la vía terrestre, involucrándose en la batalla de Santa Gertrudis ante las fuerzas de Mariano Escobedo.[20]

Propiedad de von Pitner. "Tropas austriacas con imperiales en Bagdad, a orillas del Río Bravo". 1866.

Propiedad de von Pitner. “Tropas austriacas con imperiales en Bagdad, a orillas del Río Bravo”. 1866.

Uno de los grandes temores tanto los franceses como de los voluntarios fue la protección de caravanas, las cuales eran frecuentemente asaltadas por bandoleros sádicos que mutilaban, humillaban y ahorcaban a sus víctimas en los caminos de Ciudad de México a Veracruz (destacando los plateados).[21] Las guardias eran pequeñas y por tales motivos nadie quería ser partícipe de esas marchas de la muerte, por lo que se formó un cuerpo de Gendarmería en 1866, disponiendo dos legiones con hombres reclutados especialmente entre belgas y austriacos con el objeto de defender los caminos de México y Guadalajara a partir de los puestos fortificados que se habían levantado recientemente.[22]

Mientras el conflicto avanzaba y la fecha para el regreso de las tropas francesas se aproximaba, Maximiliano buscó de su hermano un permiso para reclutar de 2,000 a 4,000 austriacos anuales que serían enviados a México. Francisco José se negó en un principio, pero al final aceptó y el 15 de marzo de 1866 se firmó el acuerdo. No obstante, el embajador estadounidense en Austria, bajo instrucciones del Secretario de Estado Estadounidense, William Seward, amenazó con romper relaciones si dicho acuerdo se cumplía. Diez mil hombres ya estaban embarcados en Trieste cuando llegó la orden imperial de no marchar a México. Maximiliano se sintió traicionado por su hermano.[23]

           

Franz Graf Thun-Hohenstein. c. 1888.

Franz Graf Thun-Hohenstein. c. 1888.

La Légion Auxilier Étrangere.

La paga de la tropa fue desapareciendo paulatinamente ante los enormes gastos del Imperio y su nula capacidad impositiva. Ante estos problemas financieros, el Mariscal Bazaine recomendó a Maximiliano combinar el Cuerpo Austriaco con el belga y la Legión Extranjera Francesa, formando la Légion Auxilier Étrangere el 1º de mayo de 1866 al mando del General Neigre, para intentar darle salida a los problemas económicos del Cuerpo y unificar el mando extranjero en un general francés, recibiendo los ingresos de los recursos obtenidos a través de las Aduanas Nacionales –de las cuales una parte de sus derechos fue concedida como pago a Napoleón III-.[24] Ante la negativa austriaca de estar subordinados a la autoridad francesa, el Comandante del Cuerpo, el General Thun renunció a su puesto tras ser degradado de General de División a General de Brigada, siendo sustituido por el Coronel Zach.[25] El problema financiero persistió a pesar de la nueva organización, por lo que a veces se vendieron recursos o mulas para solventar algunos pagos.

El Ejército Nacional.

El 10 de agosto de 1866 Bazaine dio la orden de retirada de ciudades y plazas fuertes, provocando la desbandada liberal sobre las poblaciones que los franceses iban abandonando. Tales circunstancias generaron un estado de incertidumbre para los austriacos donde los rumores eran los guías del sentido común de la tropa; muchos de ellos hablaban sobre derrotas que se confirmaban días después, así como de la abdicación del Emperador o de la retirada general a Europa, incluso de ataques, pero no eran más que informaciones difusas que terminaban desmoralizando a todos.[26]

El 6 de diciembre de 1866 Maximiliano dio una proclama en la cual notificó la disolución del Cuerpo de Voluntarios Austro-Belgas y daba la posibilidad de partir o de alistarse a lo que denominó “Ejército Nacional”, otorgándoles tierras y a los que quedasen minusválidos, recompensas y gratificaciones.[27] Para su desgracia 3,600 voluntarios austriacos partieron mientras otros mil eran prisioneros de los liberales; los belgas no dudaron en retirarse cuando se les brindó la posibilidad. 800 hombres decidieron quedarse en México, de los cuales el conde Karl von Khevenhüller fue el encargado de organizar una tropa de 500 húsares, reuniendo además cuarenta oficiales y cuarenta hombres de banda del regimiento; dicha tropa fue conocida como húsares rojos debido a sus vistosos uniformes rojos, siendo así por la carencia de otro color de tela en sus almacenes-.[28] Los Generales Alphons von Kodolich y Freiherr von Hammerstein-Equord también tuvieron una brigada a su mando.

El reducido grupo extranjero que apoyó a Maximiliano terminó sosteniendo la defensa de la Ciudad de México ante la terquedad del decadente Emperador de querer ser defendido por mexicanos. Saliendo de la Ciudad de México a finales de marzo confiados en marchar rumbo a Querétaro para defender a Maximiliano, como el General  Leonardo Márquez se los había asegurado, la nueva fuerza militar se vio implicada en la postrimería de la batalla del 2 de abril, donde apoyó la retirada del mencionado general conservador tras su derrota ante Porfirio Díaz.[29] Sin embargo, una vez que Khevenhuller advirtió la captura de Maximiliano, ya en la Ciudad de México, rindió el cuerpo austro-húngaro  ante Porfirio Díaz y se guarneció con los hombres en Palacio Nacional sin tomar acción contra algún ataque, con la única esperanza de llegar a Veracruz.[30]

Al final de la guerra, muchos austriacos abandonaron el país y se dedicaron a publicar relatos periodísticos o libros donde se consideraba que Napoleón III había abandonado a su suerte a Maximiliano y en donde él fue traicionado por un “judas mexicano” en Querétaro. Otros se quedaron en México, como Teoberto Maler –etnólogo reconocido-; Ferdinand von Rosenzweig –colaboró en la traza de Paseo de la Reforma- y Franz Kaska –un coleccionista de artículos de Maximiliano.[31]

Karl von Khevenhüller. c. 1866.

Karl von Khevenhüller. c. 1866

Alphons von Kodolich. s.f.

Alphons von Kodolich. s.f.

Armin Freiherr von Hammerstein-Equord. s.f.

Armin Freiherr von Hammerstein-Equord. s.f.

Citas:

[1] Konrad Ratz. Tras las huellas de un desconocido. Pról. De Patricia Galeana. México, Siglo XXI, 2008. p. 111.

[2] Ídem.

[3] Brigitte Hamann. Con Maximiliano en México. Del diario del príncipe Carl Khevenhüller 1864-1867. Trad. Por Angélica Scherp. México, Fondo de Cultura Económica, 1989, p. 64, 65

[4] Ídem.

[5] Ídem, p. 67,68; Cfr. K.Ratz, Op. Cit.,  p. 113.

[6] Unidad de caballería ligera distinguida desde el siglo XVI en Europa por sus potentes cargas ligeras y sus uniformes; los ulanos, siendo también una caballería ligera, preferían la lanza al sable.

[7] La tropa común vestía blusa azul, pantalón bombacho rojo, zapatos de mala calidad, polainas de cuero crudo y sombrero de cazador con pluma, en: K. Ratz, Op. Cit., p. 112.

[8] Ídem, p. 120.

[9] Ídem, p. 106; Cfr. K. Ratz, Op. Cit., p. 111; G. Niox. Expédition de Mexique. 1861-1867. Récit politique et Militaire. París, Librairie Militaire de J. Dumaine, 1874, p. 362, 480, 481..

[10] K. Ratz, Íbidem.

[11] Ídem, Op. Cit., p. 122, 124, 125; K. Ratz, Op. Cit., p. 120, 121.

[12] Mílada Bazant y Jan Jakub Bazant. El Diario de un soldado: Josef Mucha en México, 1864-1867. Trad. Del alemán por Renate Marsiske, Trad. Del inglés por Alejandro Rosales Legarde. México, Colegio Mexiquense; Miguel Ángel Porrúa, 2004, p. 65, 72, 73, 78.

[13] B. Hamann, Op. Cit., p. 134.

[14] G. Niox, Op. Cit., p. 453; K. Ratz, Op. Cit., p. 114.

[15] G. Niox, Op. Cit., p. 453, 513.

[16] Íbid, p. 673-675.

[17] Íbid, p. 513.

[18] Íbid, p. 623, 624, 677.

[19] Íbid, p. 540, 541.

[20] K. Ratz, Op. Cit., p. 117.

[21] M. Bazant, Op. Cit., p. 80, 90, 92, 93; B. Hamann, Op. Cit., p. 135.

[22] E. de Keratry. Elevación y caída del Emperador Maximiliano. Intervención francesa en México, 1861-1867. Trad. Por Hilarión Frías y Soto. México, Imprenta del Comercio de N. Chávez, 1870. p. 124.

[23] Íbidem, p. 75.

[24] E. de Kératry, Op. Cit., p. 121.

[25] B. Hamann, Op. Cit., p. 165.

[26] Ídem, p. 105.

[27] “Proclama de Maximiliano a oficiales, sargentos y voluntarios del Cuerpo Austro-Belga, diciembre 6 1866”, en: Román Iglesias González. Planes políticos, proclamas, manifiestos y otros documentos de la Independencia al México moderno, 1812-1940.  México, UNAM:Instituto de Investigaciones Jurídicas, 1998. p. 460-461.

[28] B. Hamman, Op. Cit., p. 187, 189.

[29] M. de Bopp, Op. Cit., p. 136.

[30] Porfirio Díaz. Memorias. Vol. 2. México, Offset, 1983. p. 107, 108.

[31] K. Ratz, Op. Cit., p. 122, 123.

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Una carta escrita en maya durante la Guerra de Castas

Entre los miles de documentos que la Guerra de Castas dejó, algunos nos permiten ver la forma en la que los mayas rebeldes conocían su realidad y su entorno a través de su idioma. Este documento escrito en maya es un breve y sucinto estado del armamento con que contaban los rebeldes mayas durante los primeros meses del levantamiento y fue escrito por Francisco Cimé en Kancabchen para un destinatario desconocido. Los rebeldes orientales organizaron sus fuerzas armadas de acuerdo a lo que les era familiar, en este caso, el escalafón de la milicia activa, de allá que abunden los títulos como el de capitán o cabo entre sus jefes. La palabra yuum (que significa señor o padre) que aparece recurrentemente en el texto aún se usa para dirigirse a una persona de mayor jerarquía.

Una escena de la guerra de castas, óleo sobre tela, c. 1850 (Fuente: Wikimedia Commons).

Esta carta representa entre otras cosas el poder de adaptación de la lengua maya a través de los centurias, un proceso que habría iniciado en los albores del contacto con los españoles en el siglo XVI cuando diversos personajes de la élite nativa elaboraron los primeros textos en maya escritos con el alfabeto latino. Para esta versión se usó la transcripción hecha por un grupo de trabajo que  publicó en 1996 una selección de cartas escritas en maya durante el conflicto, titulado Maaya ts’íibil ju’uno’ob, 1842… (Cartas mayas, 1842…) con una transcripción contemporánea adaptada al Alfabeto para la Lengua Maya consensado en 1984.

Kancabchhen, en 25 de marzo de 1848.

In yaamail tsikbe’enil yuum, je’e kin túuchi’itik u cuentail in arma yaan ti’ teen, je’e bix a wa’almaj t’anmae, tsikbe’enil yuume, ciento cincuenta yani’, yuume kin ts’áaik yojéete ka’a yuumil ti’ Dios yéetel ti’ a tsikbe’enil yuume, teen Francisco Cimé, Capitán.

Kancabchhen, 25 de marzo de 1848.

Kin túuchi’itik ti’ a tsikbe’enil in yaamail yuume u cuentail bajun arma yaan xan ti’ in yuum Capitan Xicobil, treinta y nueven yaan ti’, ja’alili’ u xuul in t’aan ti’ a tsikbe’enil yéetel jaajal Dios, teen Francisco Cimé, Capitán.

Kancabchhen, 25 de marzo de 1848.

In yaamail tsikbe’enil yuum, je’e kin chikúutik bajun arma yaan, ti’ teche’ k’uubul ts’o’ok u taasik treinta Capitán Dimas Paat Cocom, yéetel cinco arma tu k’ubaj u cuentail ti’ teen way ti’ Kancabchhen, in noj tsikbe’enil yuum, tsikbe’enil yuume, teen Capitán 1°.

Francisco Cimé [1].

[1] Desiderio Lázaro Dzul Polanco, Ermilo Yah Pech, Fidencio Briceño Chel, Maaya Ts’íibil Ju’un, 1842… (Mérida: CONACULTA, PACMYC, 1996).

La Guerra de Castas de Yucatán, 1847-1901. Guía de lectura.

Presentamos a continuación una nueva sección que llamaremos Guías de lectura, sobre diferentes tópicos de la historia bélica del s. XIX latinoamericano. Iniciamos con recomendaciones de lecturas básicas sobre la Guerra de Castas de Yucatán (preferimos el término Guerra Social Maya, pero el nombre anterior goza de amplia difusión entre la gente) que enfrentó a diversas organizaciones políticas mayas con el Estado mexicano por más de medio siglo (oficialmente de 1847 a 1901).

Guerra de Castas.

Pintua de Fernando Castro Pacheco referente a la Guerra de Castas en la sala de historia del Palacio de Gobierno de Yucatán (Fuente: Wikimedia Commons).

  1. Don Dummond. El machete y la cruz. la sublevación de campesinos de Yucatán. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.
  2. Inés de Castro. Cantones y comandantes: una visión diferente de la Guerra de Castas desde la región de los pacíficos del sur. Campeche: Universidad Autónoma de Campeche, 2007.
  3. Landy Santana Rivas y Georgina Rosado Rosado. Género y poder entre los mayas rebeldes de Yucatán: Tulum y la dualidad a través del tiempo. Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 2007.
  4. Lean Sweeny. La supervivencia de los bandidos: los mayas icaichés y la política fronteriza del sureste de la Península de Yucatán, 1847-1904. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006.
  5. Nelson Reed. La Guerra de Castas de Yucatán. México: Editorial Era, 1971.
  6. Marie Lapointe. Los mayas rebeldes de Yucatán, 1847-1901. Zamora: El Colegio de Michoacán, 1983.
  7. Terry Rugeley. Rebellion Now and Forever: Mayas, Hispanics and Caste War Violence in Yucatan, 1800-1880. Stanford: Stanford University Press, 2009.

Las milicias y los regulares en la temprana república estadounidense (1781-1812). Parte II.

El reclutamiento de las milicias.

El reclutamiento era igual en todos los estados y prácticamente el mismo del periodo colonial. El servicio duraba de 3 a 5 años para los regulares y de 3 meses para las milicias (o lo que durara la campaña).[1] Las compañías debían elegir a sus  capitanes por consenso, aunque en ocasiones no lo hacían para no entrenar; en esos casos los estados designaban la capitanía. El entrenamiento consistía en el correcto manejo del fusil y en la realización de evoluciones (marcha y movimientos coordinados) en los jardines aledaños de los juzgados –a menos de que hubiera elecciones o sesión en pleno-.[2]

El día comenzaba con ejercicio para cada compañía y, si el número de elementos lo consentía, en batallones. También había días donde regimientos y batallones se reunían, pero en vez de realizarse bajo un régimen marcial, familias, vendedores y artistas se conglomeraban con los milicianos para vender bebidas frías y dulces –el pan de jengibre era el favorito-. Al mediodía podía llegar el gobernador o general y se realizaban operaciones tácticas, luego había un descanso con comida y bebida (más bebida que comida); continuaban con más ejercicios y finalmente se realizaba una simulación de batalla.[3] Cierto es que cada hombre debía aportar su arma, pero a finales del siglo XVIII la presión francesa incitó a algunos estados a comprar armas pequeñas (Massachusetts, por ejemplo, tenía el 40% de piezas de artillería de la Federación).[4]

A pesar de la distancia temporal, es muy probable que los entrenamientos no hayan distado de verse así en décadas. Fuente: http://bjws.blogspot.mx/2013_10_14_archive.html

A pesar de la distancia temporal, es muy probable que los entrenamientos no hayan distado de verse así por décadas.
Fuente: http://bjws.blogspot.mx/2013_10_14_archive.html

El reclutamiento de los regulares.

Para los regulares, el reclutamiento se realizaba de forma similar a los milicianos, donde un teniente se encargaba de visitar pueblos, ciudades y zonas rurales en los que sabía que había varones fáciles de disuadir para enrolarse tras ofrecerles tierras y paga. Este oficial, un sargento, un cabo, músicos (corneta y tambor) y seis reclutadores realizaban la conscripción. La publicidad se hacía a través de carteles con frases patrioteras.[5] Los reclutas acudían a los puntos de cita, facilitándoles equipo y uniforme mientras un funcionario capturaba su información personal.

Después de realizada la conscripción eran llevados a las guarniciones, tanto costeras como fronterizas, donde iniciaban un entrenamiento de evoluciones, a usar su arma y a cuidar su ropa.  Su rutina consistía en un entrenamiento por la mañana y por la tarde, marchando, llevando y usando el mosquete y siguiendo las órdenes de los tambores. El día comenzaba con el toque de diana, el pase de lista, montar guardia, el entrenamiento, cena, entrenamiento otra vez, formación de las compañías y retirada a las barracas.[6] Sus funciones, con el fin de darles una vida útil, eran construir caminos y fortificaciones si no se encontraban en la frontera. Entre sus funciones también estaba apagar incendios, cortar leña, mantener la guarnición, cultivar y cosechar sus alimentos, cocinar y servir la comida y mantener el equipo de los oficiales. La disciplina era fundamental, como en todo ejército, por lo que debían afeitarse cada tres días y ventilar sus sábanas los domingos por la mañana.  Jueves y domingos limpiaban ropa; debían tener camisa, overol y calcetines limpios. Después de 1801 debían cortarse el cabello regularmente. La disciplina, sin duda, terminaba alejando a la mayoría de estadounidenses del servicio de las armas.[7]

¿Quiénes ingresaban al Ejército?

Si las milicias eran el lugar para quellos hombres que buscaban defender sus propiedades cerca de las fronteras o integrarse a expediciones en busca de aventuras y riquezas, el ejército representó una oportunidad para los menos favorecidos de la sociedad, llegando algunos padres a enlistar a sus hijos con la esperanza de que al menos así pudieran comer la ración que se les daba a los soldados y que consistía de una libra de res o tres cuartos de libra de cerdo y18 onzas de harina o una libra de pan [8]. En los fuertes del oeste tenían también cultivos y cazaban.[9]

Mientras a infantería era llevada a guarniciones y puestos fronterizos, West Point disponía de los oficales que dispondrían del conocimiento de ingeniería y arte de la guerra necesario para sobrellevar una campaña. Fuente: http://bjws.blogspot.mx/2013/10/army-painter-seth-eastman-1803-1875.html

Mientras a infantería era llevada a guarniciones y puestos fronterizos, West Point disponía de los oficales que dispondrían del conocimiento de ingeniería y arte de la guerra necesario para sobrellevar una campaña.
Fuente: http://bjws.blogspot.mx/2013/10/army-painter-seth-eastman-1803-1875.html

Conclusiones.

En conclusión podemos considerar a las milicias como el sostén ideológico del republicanismo y la firme convicción de muchos varones estadounidenses de sus libertades y garantías, sin generalizar la situación a todos los que pertenecieron a ellas, ya que el espíritu de aventura o las recompensas también eran motivaciones para algunos. La desorganización muestra cómo llegaban a tomar a juego los entrenamientos e incluso a desobedecer a un desconocido cuando es algo natural en el hombre simpatizar y responder positivamente ante alguien que nos resulta familiar.

Al ejército, como en muchos otros periodos de la historia, se ingertaban hombres que deseaban separarse de la vida civil por necesidad de alimento, cobijo, u otra razón, sin que esto signifique que la lacra social formaba parte de él a la manera de México y otros países, puesto que la levée en masse no fue implementada en EUA durante este periodo. Ese aspecto resulta fundamental para considerar las diferencias entre los sistemas de reclutamiento en Estados Unidos como en el resto de los países latinoamericanos.

El patrón tanto para milicias como regulares es que la Federación reconocíó la necesidad de valorar por igual las garantías y libertades de los ciudadanos para ganar su consenso y emprender un bloque defensivo que, aunque fracasó parcialmente en 1812 –ya que se reunieron 25,700 efectivos-, fue el inicio de una política de reclutamiento que se consolidaría en la segunda mitad del siglo XIX.


[1] “La vida militar exigió más subordinación y disciplina que los civiles, pero las rutinas y las dificultades asociadas con la agricultura, la artesanía y el trabajo de fábrica son a menudo tan soporíferos como el entrenamiento y tan sujetos a algún tipo de norma. Toda forma de trabajo exige un cierto grado de abnegación…”. [1] Ricardo A. Herrera. “Self-Governance and the American Citizen as Soldier, 1775-1861”, en: The Journal of Military History, vol. 65, no 1, enero 2001, p. 34. Los oficiales tenían una duración media de siete años de servicio a causa de las tribulaciones institucionales, en: William B. Skelton. “Social Roots of the American Military Profession: The Officer Corps of America’s First Peacetime Army, 1784-1789”, en: The Journal of Military History, vol. 54, no. 4, octubre 1990, p. 445.

[2] John K. Mahon. History of the Militia and the National Guard. Nueva York, MacMillan Publishers Limited, 1983, p. 57, 58.

[3] Ídem, p. 57, 58.

[4] Ídem, p. 63.

[5] Andrew Frank. Early Republic: People and Prespectives. California, ABC-CLIO, 2009 , p. 43, 44.

[6] Ídem, p. 52-54.

[7] Tal fue el caso del coronel Thomas Butler, veterano de la independencia que se negó a cortar el cabello por considerarlo un atentado a sus libertades personales. Fue presentado ante un consejo de guerra. Ricardo A. Herrera, Op. Cit., p. 36; Cfr., Andrew Frank, Op. Cit., p. 50.

[8] Andrew Frank, Op. Cit., p. 46.

[9] Ídem, p. 54.

Las milicias y los regulares en la temprana república estadounidense (1781-1812). Parte I.

En América Latina poco es lo que llegamos a conocer de los primeros años del Ejército estadounidense. La intervención en México entre 1846 y 1848, la expedición del aventurero William Walter en Centroamérica en 1855 y la guerra contra España en 1898 son los referentes más cercanos para conocer a sus soldados y su forma no sólo de combatir, sino de vivir en campaña. No obstante, décadas antes de estos acontecimientos existió un ejército en gestión que expresaba el pasado colonial de la naciente nación y las pugnas políticas entre los federalistas, dirigidos por Alexander Hamilton, y los republicanos, con Thomas Jefferson bajo su representación. La necesidad de un ejército permanente (regulares) o una fuerza conformada por milicias (gente con nociones de entrenamiento militar para el combate) era la interrogante principal.

La Confederación.

Durante la Guerra de Independencia se combatió a Gran Bretaña con el Ejército Continental, una fuerza de regulares apoyada por milicianos que se organizaban entre amigos o vecinos que veían involucrados sus intereses en la lucha, aunque también la aventura motivó a otros cuantos. Al finalizar el conflicto pocas cosas cambiaron, como el comercio, la organización política interna de las colonias, etc., y se constituyó un nuevo gobierno de tipo confederado. La constitución militar tampoco sufrió grandes cambios al mantenerse el sistema reglamentario donde cada estado conformaba su propia milicia y en la que cada compañía elegía a sus oficiales (con excepción de los generales, designados por las asambleas de cada Estado); cada miliciano, además, debía procurarse arma, municiones, ropa y alimento para una corta expedición.[1] Esta decisión motivó a la Confederación de mantener tan sólo 700 soldados permanentes, hacia 1783.[2]

Este sistema daba preferencia a la formación de milicias en caso de conflicto, ya que por una parte no se tendría que solventar el pago a un ejército permanente en tiempos de paz –además de que no existía un efectivo sistema de recaudación de impuestos que lo apoyara- y, además, su presencia sería una latente fuerza represiva para las libertades de los estados, por lo que se conservó un número inferior a mil.

Para garantizar la seguridad de la guarnición y frontera de los Grandes Lagos, el San Lorenzo y los territorios de Ohio, se emprendieron dos expediciones en 1790 y 1791 por Josías Harmar y Arthur St. Clair que terminaron en un rotundo fracaso.[3] Fue en 1794 cuando el general Wayne logró estabilizar el Ohio al dirigir una fuerza de tres mil hombres contra las poblaciones indígenas de la zona tras la batalla de Fallen Timbers. Este conflicto conocido como la guerra del noroeste (Northwest Indian War) mostró la debilidad de las milicias frente a los nativos debido a su indisciplina y mala organización. No obstante, su potencial ideológico motivaba a preservarlas al ser un reflejo de la libertad y la autodeterminación de cada hombre que, voluntariamente, debía acudir al llamado de la patria; como menciona Jefferson:

 “Para un pueblo que es libre, y que así se considera, una milicia armada y organizada es su mayor seguridad. Por lo tanto nos incumbe, en cada asamblea, revisar la condición de la milicia y preguntarnos a nosotros mismos si estamos preparados para repeler una potencia enemiga en cada punto de nuestro territorio expuesto a una invasión”.[4]

Estos hombres, sin embargo, más allá de la noción de patria y libertad que hubieran tenido, terminaban reconociendo y aceptando la necesidad de defenderse de las incursiones indígenas en la frontera, aunque  también existían quienes se unieron a las milicias tan sólo en busca de aventuras o recompensas por sus servicios y valor en batalla.[5]

Los regulares mantuvieron las características propias de todo Ejército: fusil reglamentario, casaca, pantalón, botas, sombrero bicornio o una simple capucha roja que identificaba a la infantería ligera.

La Federación.

Para 1789 se estableció una Constitución Federal con George Washington como Presidente. Fue a partir de la siguiente década cuando las políticas militares se fortalecieron, principalmente, por el conflicto suscitado con Francia en el llamado “caso X,Y,Z”, lo que motivó la creación de una Secretaría de Marina que confrontaría a dicha potencia en mar en caso de guerra, en 1798.

En mayo de 1792, no obstante, se creó la Act to Provide for Calling Forth the Militia to Execute the Laws of the Union, Suppress Insurrections and Repel Invasions y la Act to Provide for Calling Forth the Militia to Execute the Laws of the Union, Suppress Insurrections and Repel Invasions para reorganizer a las milicias.[6] La edad de conscripción entre 16 y 50 años se aumentó a 18 y se redujo a 45, manteniendo la división entre senior y junior; el requisito de que cada hombre portara mosquete, bayoneta, cuerno de pólvora, cuarenta cartuchos y seis pedernales se mantuvo, además de preservar la organización en compañías de 64 hombres bajo órdenes de un oficial que los citaría los domingos a las diez de la mañana en un punto de reunión.[7]

Durante estos años (1798) se mantuvo igual la paga entre milicianos y regulares para evitar una disputa entre ellos.[8]

Es posible apreciar el fusil del civil, así como la cartuchera y polvorera reglamentarias. De igual manera una pañoleta en el brazo izquierda representa la pertenencia a una unidad en particular. Su condición de miliciano le permitía preservar su ropa de civil.

En 1798 también se crearon las Rules and Regulation Respecting the Recruiting Service, estableciendo las normas que permitían el ingreso de los “nativos blancos” y extranjeros de buena reputación, no así para los negros, mulatos e indios, usando incluso los oficiales patrones de color de piel y de ojos para identificar a estos hombres y a sus descendientes. También se creó un cuerpo de marines y se aumentaron las compañías de 8 a 10 en cada batallón. El Ejército Provisional pasó a constar de 12 regimientos de infantería y uno de caballería, pudiéndose movilizar hasta 4,100 hombres en caso de ser necesario.[9]

Para garantizar el éxito del reclutamiento de las milicias se ofreció en un principio una recompensa entre 12 y 24 dólares, pagándose la mitad al enrolarse y el resto al finalizar el servicio. Los regulares adscritos servirían entre 3 a 5 años –o la duración del conflicto-, recibiendo una paga mensual de $3 en la década de 1790 y de $5 a principios de 1800, así como una propiedad de 160 acres,[10] lo que resultó un atractivo para algunas familias que seguían practicando el derecho de primogenitura –sobre todo en los territorios del noreste y del Atlántico medio-.[11]

Para 1803 Jefferson redujo el presupuesto del ejército de $2.093.000 a $680.000, considerando su mantenimiento excesivo para la economía federal y una amenaza para la garantía de la República. Era conciente de que el Ejército debía sojuzgarse a la autoridad civil, por lo que creó la Academia Militar de West Point, donde los oficiales no sólo aprenderían  las teorías militares y el arte de la guerra, ya que una vez fuera servirían a la República en labores auxiliares, como mantenimiento de puentes, guarniciones y cuarteles, obras de ingeniería hidráulica o construcción de caminos. Usualmente se unían miembros de influyentes familias de mercaderes, abogados, propietarios de plantaciones y agricultores.[12]

Jefferson fue un ferviente creyente de las ventajas de la milicia, considerándola el primer rompeolas de una invasión exterior mientras los regulares se preparaban a combatir.[13] El peso de soportar un año de conflicto implicaba una movilización masiva de hombres, por ello el Congreso concedió al Ejecutivo en 1798 la capacidad de llamar a 80.000 milicianos en caso de guerra y para 1812 hasta 50.000.[14] Sin embargo en la práctica resultaron inútiles estas cifras, ya que en 1814 la Secretaría de Guerra sostenía que sostener una futura campaña necesitaría una milicia de no menos de 100.000 hombres.[15] Un nuevo debate tomaría lugar después de esa fecha.


[1] Richard W. Stewart. American Military History.The United States Army and the forging of a nation, 1775-1917. V. I, Washington, Center of Military History: United States Army, 2005, p. 31.
[2] Andrew Frank. Early Republic: People and Prespectives. California, ABC-CLIO, 2009, p. 43.
[3] William B. Skelton. “Social Roots of the American Military Profession: The Officer Corps of America’s First Peacetime Army, 1784-1789”, en: The Journal of Military History, vol. 54, no. 4, octubre 1990, p. 445.
[4] “Octavo mensaje anual. Noviembre 8, 1808”, en: Thomas Jefferson. Autobiografía y otros escritos. Trad. Por Antonio Escohotado y Manuel Saenz de Heredia. Madrid, Tecnos, 1987, p. 247,248.
[5] Ricardo A. Herrera, “Self-Governance and the American Citizen as Soldier, 1775-1861”, en: The Journal of Military History, vol. 65, no 1, enero 2001, p. 30.
[6] John K. Mahon. History of the Militia and the National Guard. Nueva York, MacMillan Publishers Limited, 1983, p. 52,53.
[7] A history of the National Guard of Indiana, from the beginning of the militia system in 1787 to the present time, including the services of Indiana troops in the war with Spain. Indianápolis, W. D. Pratt, 1901, p. 6; Cfr. Thomas Jefferson, Op. Cit., p. 221, 222.
[8] “[Art. XI, sec. 4] “That the militia employed in the service of the United States, shall receive the same pay and allowances, as the troops of the United States…”, Ídem.
[9]Richard W. Steward, Op. Cit., p. 121, 122.
[10] Andrew Frank, Op. Cit., p. 44.
[11] Ídem, p. 45. Tal derecho consistía en dotar con tierras al primogénito de la familia.
[12] William B. Skelton. Op. Cit., p. 439.
[13] “Primer mensaje anual. Diciembre 1801”, en: Thomas Jefferson, Op. Cit., p. 329; “Carta a Charles Pinckney. Washington, marzo 30 1808”, en: Íbid, p. 586.
[14] Richard W. Steward, Op. Cit., p. 127.
[15] Letter from the Secretary of War, to the Chairman of the Committee on Military Affairs, upon the subject of the defects existing in the present establishment. Washington, A. & G. Way Printers, 1814, p. 7.

“El fracaso de la ciudadanía armada: la milicia cívica de la Ciudad de México (1823-1834)” de Mario Alberto Zuñiga Campos

Entre las últimas aportaciones respecto a la milicia cívica destaca la investigación de Mario Alberto Zuñiga Campos, “El fracaso de la ciudadanía armada: la milicia cívica de la Ciudad de México (1823-1834)” defendida como tesis de licenciatura en Historia en los primeros meses de este año en la Universidad Nacional Autónoma de México.

El autor, entre otras cosas, nos permite observar la potencilidad de agregar perspectivas culturales al análisis de las fuerzas armadas. Es a través de ella que explica el fracaso de la ciudadanía armada entre el común del pueblo, quienes no acogieron los principios liberales transmitidos mediante la milicia cívica como esperaban los legisladores mexicanos. La pedagogía política liberal intentó crear mediante la vida cotidiana ritualizada (elección democráctica de los oficiales, supresión del fuero militar, bendición de baneras, juramentos, arengas) un concepto de ciudadanía con los que los individuos no terminaron de identificarse. La milicia cívica fracasó también, según el autor, debido a que los milicianos más pobres no pudieron desempeñar sus actividades laborales y militares a la vez.

La participación de los sectores populares de la milicia cívica durante el motín de la Acordada y el asalto al Parián (1828), se explican debido al nexo entre los oficiales cívicos con los masones yorkinos y no como un síntoma de la radicalización federalista de las clases populares metropolitanas. El decreto nacional de 1827 que sepultaba la virtual autonomía regional de las milicias cívicas  no tuvo casi ningún impacto en la capital de la república al carecer de gobernador y congreso estatal que reclamara la jurisdicción.

Motín de la Acordada, 1828. Recurrentemente citado como un ejemplo de la radicalización de las milicias cívicas debido al Reglamento de 1827, Zuñiga Campos señala que la participación de los cívicos durante los eventos de 1828 en la capital fue una consecuencia de la colaboración entre los oficiales de aquel cuerpo y los masones yorkinos (Fuente: http://mexicomaxico.org)

La tesis de Mario Zuñiga está disponible en la Biblioteca Virtual de la UNAM en formato PDF:

  • Zuñiga Campos, Mario Alberto. “El fracaso de la ciudadanía armada: la milicia cívica de la Ciudad de México (1823-1834)”. Tesis inédita de licenciatura en historia, Universidad Nacional Autónoma de México, 2013 [Disponible en la Biblioteca Virtual de la UNAM].

El Ejército Republicano del Centro en la Guerra de la Intervención Francesa, 1862-1867 de Edgardo Calvillo López (2013)

Nicolás de Regules, uno de los generales que estuvo al mando del Ejército Republicano del Centro (Fuente: Wikimedia Commons).

Presentamos hoy una nueva sección, en dónde estaremos dando a conocer las tesis de grado de diferentes universidades y centros de investigación que se ocupen de las fuerzas armadas en Latinoamérica. En este caso, inaugura la sección el trabajo de Edgardo Guadalupe Calvillo López, “El Ejército Republicano del Centro en la Guerra de la Intervención Francesa, 1862-1867” presentado como tesis de maestría en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. A lo largo de sus páginas podemos encontrar un acercamiento histórico a las campañas, las batallas, el armamento y la estructura organizativa del Ejército Republicano del Centro que combatió durante la Segunda Interveneción Francesa en México en el altiplano central y el occidente del país.

  • Calvillo López, Edgardo Guadalupe. “El Ejército Republicano del Centro en la Guerra de Intervención Francesa, 1862-1867”. Tesis inédita de maestría en historia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2013 [Disponible electrónicamente en la Biblioteca Virtual de la UMSNH]

La Guerra de Texas a través de los generales José Urrea y Vicente Filisola

Vicente Filisola Calabris. Obra de Claudio Linati, c. 1828 (MadMonarchist.blogspot.mx).

El resultado de la guerra de Texas trajo un enconado debate, después de terminado el conflicto, sobre la conducta que los oficiales de alta graduación habían tenido durante la campaña en aquel departamento del norte. Masacres de colonos y aventureros texanos “a sangre fría”, negligencia en el mando, envidias y rivalidades personales, y una inexplicable retirada, son solo algunos de los tópicos principales en torno a los cuales giró un fuego cruzado que duró años y que tuvo como actores principales a los generales José Urrea y Vicente Filisola.[1] Haciendo uso de la palabra escrita, cada uno de ellos repartió responsabilidades a partir de la particular visión que tuvieron de su experiencia en la guerra y que quedaron plasmadas en sendas obras de carácter historiográfico, principalmente de parte del general Filisola, quién se defendió de las acusaciones de traición y cobardía con notable virulencia.

Estas obras nos aportan mucho más que fricciones y rivalidades entre la élite militar. Debido a que Filisola y Urrea se apoyaron en documentación oficial, adjunta en sus obras a manera de apéndices documentales, se asoman otros aspectos de la campaña: la dificultad de sortear los accidentes orográficos del agreste noroeste mexicano ante la falta de un cuerpo de ingenieros eficaz, la escasez de personal y de servicios médicos adecuados para atender la salud de los soldados y milicianos, el abasto alimentario del ejército a través de la requisición de ganado y de cosechas, y en ocasiones el estado de la moral de la tropa (sobre todo la percepción que de ellos tenían los oficiales a partir de las victorias y derrotas de los aventureros texanos).

A continuación, una lista con las obras de los dos generales:

  • Filisola, Vicente. Análisis del diario militar del general D. José Urréa durante la primera campaña de Tejas : publicado en Victoria de Durango en la Imprenta del Gobierno el año corriente de 1838 lo somete al buen juicio de sus conciudadanos en justa vindicación de su honor ultrajado Vicente Filisola. Matamoros: Imprenta del Mercurio, a cargo de Antonio Castañeda, 1838 [Disponible en la Biblioteca Digital Hispánica].
  • ———— Memorias para la historia de la guerra de Tejas. vol. 1 y 2. Mexico: Imprenta de Ignacio Cumplido, 1848-1849 [Disponibles los 2 vols. en el Archivo Digital de la Rice University: vol. 1vol. 2].
  • ———— Memorias para la historia de la guerra de Tejas por el general de división Vicente Filisola. México: Imprenta de Ignacio Cumplido, 1849 [Disponible en la Biblioteca Digital Hispánica].
  • ———— Representación dirigida al Supremo Gobierno por el general Vicente Filisola en defensa de su honor y aclaración de sus operaciones como general en gefe del ejército sobre Tejas. México: Imprenta de Ignacio Cumplido, 1836 [Disponible en la Biblioteca Digital Hispánica].
  • Urrea, José. Diario de las operaciones militares de la división que, al mando del general José Urrea, hizo la campaña de Tejas : publícalo su autor, con algunas observaciones para vindicarse ante sus conciudadanos. Victoria de Durango: Imprenta de Gobierno, a cargo de Manuel González, 1838 [Disponible en la Biblioteca Digital Hispánica].

[1] Acerca de las Memorias para la guerra de Texas de Filisola existe cierta confusión, ya que se imprimieron dos versiones de la obra. Este aspecto ha sido aclarado por la historiadora Antonia Pi Suñer Llorens en “Memorias de un militar: el general Vicente Filisola”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México 10 (1986): 125-136 [Disponible en www.historicas.unam.mx] .

Julio de 1867: Expulsamos a los franceses y ahora… ¿Qué hacemos con el ejército?

Facetas históricas

En 1867 se cumplían prácticamente cinco años desde que las primeras fuerzas invasoras francesas habían llegado a suelo mexicano para pacificar el país y, con ello, asegurar una llegada, viaje y estancia sin sobresaltos para Maximiliano de Habsburgo y su séquito, destinado a gobernar México. No obstante, la resistencia armada del ejército mexicano (o mejor dicho, ejércitos), bajo el liderazgo de Benito Juárez desde el norte —que en combinación con otros factores, como la inminente guerra entre Prusia y Francia—, resultaron en el empuje victorioso de las fuerzas liberales que lograron asediar y capturar Querétaro, último enclave de resistencia de las fuerzas imperiales el 15 de mayo de 1867. Con la toma de la ciudad de México por parte de Porfirio Díaz, Juárez pudo entrar a la capital del país el 15 julio de ese mismo año.

 

La situación no podía ser más halagadora: en unos cuantos meses las…

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Reglamentos y ordenanazas para la milicia activa mexicana durante el s. XIX

La milicia activa participó en todos los grandes conflictos que amenazaron la integridad del territorio mexicano en las primeras décadas del s. XIX. Sus hombres estuvieron presentes en la costa tamaulipeca durante la invasión de Isidro Barradas en 1829, en las llanuras texanas en 1835-36, en los baluartes y reductos veracruzanos durante la primera invasión francesa en 1838, en las calurosas costas del oeste de Yucatán en 1841-1843 y finalmente en las desgastantes marchas y contramarchas de las divisiones y brigadas mexicanas durante la invasión estadounidense en 1846-1847. Inspiradas en el decreto de las Cortes españolas de 1821, la milicia activa se pensó como una fuerza intermedia entre la vida civil y militar, movilizada intermitentemente y supeditada institucionalmente al ejército permanente. Herederas directas de las milicia provinciales coloniales, se rigieron bajo ordenanzas y manuales españoles durante al menos dos décadas, principalmente la Ordenanza de milicias provinciales españolas de 1767.

Capitulación de la batalla de Pueblo Viejo. Carlos Paris, c. 1832, MNH (Wikimedia Commons).

El marco institucional que posibilitó su creación es un buen punto de partida para acercanos al desenvolvimiento de la milicia activa en México y compartimos en este espacio, la espina dorsal de la legislación elaborada – y recuperada – para su óptimo funcionamiento:

Real declaración sobre puntos esenciales de la Ordenanza de Milicias provinciales de España, que interín se regla la formal que corresponde á estos cuerpos, se debe observar como tal en todas sus partes. De orden de S. M. Madrid: Oficina de Antonio Marín, 1767 [Disponible en Google Books]

 Decreto orgánico de la milicia nacional activa, aprobado por las Cortes en 18 de noviembre de 1821. Madrid: Imprenta Nacional, 1821 [Disponible en Google Books].

 Reglamento de la Milicia activa, y general de la civica de la Republica Mejicana, con el particular de la segunda en el Distrito Federal. México: Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1833 [Disponible en la Biblioteca Digital Hispánica].